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V E. Latinoam. de H. O.

Premio Eugenia Meyer de HO

Los desafíos de la historia oral en América Latina

PostDateIconLunes, 10 de Septiembre de 2012 20:17 | PDF | Imprimir | E-mail
Debates - Debates


Por Pablo A. Pozzi[1]


En un artículo muy provocativo, de hace ya tres años, el historiador sudafricano Sean Field se preguntaba si se había vuelto respetable la historia oral.[2] Allí se había preguntado si: “¿Se ha vuelto ‘de moda’ la historia oral y ‘perdido su corte crítico y subversivo’?”. Esto me llamó poderosamente la atención ya que, con las diferencias de país en país y de las distintas coyunturas, la historia oral ha tenido un auge en América latina durante las últimas dos décadas. Sin embargo, con la posible excepción de México y Brasil, este auge ha sido, en general, por fuera del mundillo de los historiadores académicos. Hace sólo un par de años uno de los principales historiadores argentinos me explicó que “la historia oral no agrega ni quita nada” y que él no la aceptaba ya que como no utilizaba fuentes orales eso implicaría que hacía “historia escrita”. Mi reacción ante semejante declaración fue doble. Por un lado, pensé “tu te lo pierdes”, y “tu historia es mucho menos rica si te limitas a las versiones de Von Ranke de lo que es un documento”. Por otro, y una vez que había dejado de lado mi primera respuesta cuasi adolecente, me hizo reflexionar en torno a porqué mi colega, un gran historiador que además había sido mi profesor y que yo admiraba, había tenido una respuesta tan cerrada y, por qué no, tan mezquina.

Quiero aquí tratar de continuar con la discusión abierta por Sean Field, pero a partir de cierta aproximación latinoamericana al tema. Y en esto creo que hay que considerar, brevemente, tres temas distintos si bien muy relacionados: las cuestiones políticas y profesionales; las propiamente históricas; y las éticas. A su vez estas hay que anclarlas no tanto en discusiones teóricas ni metodológicas sino en la historia oral aplicada a una realidad concreta. Por lo tanto, si me permiten y perdonan los colegas latinoamericanos, buena parte de mis referencias serán a lo que percibo como la realidad de la historia oral a partir de mi propia práctica en Argentina.

 

En primer término, lo político. Field nos decía, hace ya tres años, que la historia oral “proliferó a través de los retos radicales planteados […] a varios status quo intelectuales y políticos”. Esto es cierto en cuanto a la profesión de historiador académico, pero no tan así si incluimos otras disciplinas. Tanto sociólogos como antropólogos latinoamericanos han recurrido a fuentes orales desde hace ya muchas décadas, y mi impresión es que estas nunca constituyeron un desafío radical en estos ámbitos. En cambio, para una profesión cuya razón de ser parecería existir a partir del vínculo con las fuentes escritas, el uso de otras fuentes (ya sean orales, fotográficas, literarias, folklóricas) se constituye en una amenaza a su existencia. Increíblemente, para una disciplina que se remonta a historiadores cuyas obras se basan en las tradiciones orales, como Tucídides y Heródoto, la mayoría de mis colegas parecen estar encallados en los bancos de arena del positivismo.

Pero además esto resulta aun más complicado si consideramos que la historia oral tiende a “empoderar” a nuestros sujetos. Si la fuente oral se construye a partir del historiador y del historiado, entonces el monopolio profesional se ve quebrado y la opinión y el análisis del historiador ineludiblemente debe tomar en cuenta los pareceres de aquellos a los que “estudiamos”. Si bien somos importantes en la realización de todo estudio histórico, los historiadores no somos los únicos “hacedores de la Historia”. Y de repente nos vemos obligados a retornar a la realización de lo que nos señaló Lucién Febvre hace ya muchísimo tiempo: es “una necesidad de la humanidad… que permite comprender el tiempo presente y vivirlo.”[3] Por lo tanto, la historia no es sólo el quehacer de historiadores sino también del conjunto de la sociedad. Si lo anterior es así, entonces los “hacedores” de la Historia son los historiadores y los historiados, y nuestros interlocutores se convierten en los individuos dentro y fuera de la academia.

En el caso de muchas de nuestras sociedades latinoamericanas, sobre todo a partir del fin de los regímenes dictatoriales de las décadas de 1960 y 1970, esto se torna aun más complicado. La Historia y los historiadores latinoamericanos, desde el siglo XIX hasta fines del siglo XX, hemos sido siempre una disciplina particularmente “política” y politizada. Cada partido político ha tenido sus historiadores; cada interpretación era considerada como una lección del pasado para las acciones del presente; dictadores y gobiernos autoritarios prohibían y censuraban la Historia que sentían podía constituirse en un desafío a su dominación; una noción comúnmente aceptada es que “la historia la escriben los que ganan, y por lo tanto hay otra historia”, por lo que “hay una historia para liberar y otra para oprimir”. No estoy diciendo que esto sea cierto, lo que estoy diciendo es que estas percepciones han sido parte integral de la profesión del historiador en América Latina durante más de cien años. Así como el “padre” de la historia científica argentina, Bartolomé Mitre, reescribió su historia de San Martín para justificar la invasión del Paraguay en 1865, el historiador y pensador Juan Bautista Alberdi lo denunció como tergiversador en Grandes y pequeños hombres del Plata. Uno de los resultados ha sido que, durante décadas, los historiadores han estado sujetos a la represión y censura de aquellos regímenes que entendían sus obras como un desafío. Otro ha sido que muchos colegas han concluido que la historia debe ser “despolitizada” y por lo tanto “profesionalizada” por lo que tienden a dirigir sus obras a colegas y no a la sociedad en general. Por ende, como la “historia es una necesidad de la humanidad”, el vacío lo vienen a cubrir periodistas y otros no historiadores. Y la historia oral, al retornar la gente común al centro de la historia, necesariamente cuestiona esta “profesionalización” incorporando nuevamente lo que es considerado como una “peligrosa politización”.

Aclaremos. No estoy diciendo que los historiadores latinoamericanos actuales no estén “politizados”, o que no tiene que haber reglas y criterios científicos en el quehacer del historiador. Lo que si estoy diciendo es que la tendencia ha sido a evitar los debates, las discusiones, y la aplicación en el presente de los estudios históricos. La historia oral latinoamericana, al dedicarse principalmente a la historia de los sectores subalternos, a la de aquellos que han dejado poco rastro en los documentos escritos, necesariamente es una historia “politizada”. La historia oral y la tradición oral sirven de fundamento para reescribir la historia, pero también para combatir las injusticias del pasado. Pueblos que fueron conquistados o colonizados, en el presente recurren a su tradición oral y rescatan su memoria para reclamar derechos territoriales, lingüísticos, o para recuperar una identidad cultural propia. Supervivientes de la lucha en contra de regímenes militares u opresivos, cuestionan hoy la historia oficial con sus memorias subterráneas y reclaman el reconocimiento social y el castigo legal de los responsables de violar los derechos humanos. Aunque en modo menos dramático, la gente común exige respeto para sus memorias y tradiciones. Las investigaciones basadas en historia oral y, en ocasiones, los propios historiadores orales, intervienen en el marco jurídico-legal en tanto la memoria y la tradición oral constituyen la evidencia que sustenta las demandas de restitución de los pueblos, ya sea de tierras o de dignidad.

A la vez, la historia oral incorpora perspectivas y visiones que tienden a cuestionar prácticas e interpretaciones caras y aceptadas a la profesión. El mero hecho de que las fuentes orales provean un acceso privilegiado a la subjetividad, a los sentidos comunes, a las estructuras de sentimiento, de los protagonistas de la historia, implica una revolución en la profesión. Para el historiador oral el documento escrito debe ser cotejado con la fuente oral; ambos son subjetivos; ambos brindan datos duros; ambos pueden ser construcciones o falsos.

Esto es sumamente importante en sociedades como las latinoamericanas donde las tradiciones orales retienen una fuerza poderosa en la cultura social. En sociedades como la argentina, como señala Paul Zumthor, “la voz poética asume la función cohesiva y estabilizadora en la cual el grupo social no podría sobrevivir […] la voz poética agrupa en un único instante –el de la interpretación--, desvanecido tan pronto como ella se calla. […] La voz poética es memoria en ambos sentidos”.[4] Por ende, sin tomar en cuenta la oralidad es difícil, por no decir imposible, comprender estas sociedades en toda su complejidad. Al decir de Carlo Ginzburg: “Las conexiones externas explican la transmisión cultural, pero sólo las conexiones internas están en condición de explicar su permanencia.”[5] En sociedades donde las tradiciones campesinas, de pueblos originarios, e inclusive decimonónicas se mantienen vivas debería ser evidente que es imposible estudiar los procesos históricos sin recurrir a las fuentes orales. “Todo discurso es acción, física y psíquicamente efectiva. De ahí la riqueza de las tradiciones orales, que repelen todo aquello que rompe el ritmo de la voz viva.”[6]

Esta riqueza de las fuentes orales tiene el efecto que tienden a cuestionar muchas de nuestras interpretaciones. Por ejemplo, la misma visión de la historia es diferente. Para mis testimoniantes obreros la historia argentina ha sido mala con algunos momentos buenos desde que fue derrocado Juan Domingo Perón en 1955; mientras que para los sectores medios a los que pertenecemos los historiadores y los intelectuales, ésta ha sido buena con algunos momentos dictatoriales, o sea malos. Así, uno de los elementos que surge de ellas es que para mis entrevistados el término “democracia” no está necesariamente vinculado con el sistema electoral. Ninguno de mis testimoniantes obreros parece considerar las elecciones de 1958, 1962 o 1965 como expresiones de la voluntad popular. En cambio, si le dan esta acepción a grandes movilizaciones como el Cordobazo y el Rosariazo de 1969, el Tucumanazo de 1970 o el Rodrigazo de 1975. Por nuestra parte, la tendencia de los historiadores es a considerar a la democracia como equivalente a elecciones. Así, presidentes electos como Arturo Frondizi o Arturo Illia tienen un tratamiento positivo en los libros de historia argentina, mientras que mis testimoniantes obreros los consideran represores.

No estoy diciendo que mis testimoniantes tienen razón. Lo que si estoy diciendo es que esto es algo que es un desafío a nuestras interpretaciones y que debemos explicar. De hecho, las fuentes orales no sólo regresan la complejidad a la historia sino que ubican una vez más al ser humano en el centro de la misma.

Pero más aún. Numerosos fenómenos son imposibles de explicar sin recurrir a fuentes orales. ¿Cómo comprender el fenómeno guerrillero en América Latina sin los testimonios de los protagonistas? ¿Cómo comprender la subsistencia del comunismo en Chile sin recurrir a fuentes escritas y fuentes orales? En 1928 en un pueblo de la provincia de Córdoba, Argentina, fue electo un intendente comunista. ¿Por qué? Las fuentes orales señalan que esto tuvo más que ver con tradiciones, con una estructura de sentimiento de “nosotros contra ellos” que provenía del anarquismo, del garibaldismo, del federalismo decimonónico, que con una opción “ideológica”. A su vez esto señala que el peronismo se constituyó en un movimiento de masas gracias a su capacidad de constituirse como heredero de estas tradiciones culturales. ¿Cómo entender la persistencia del zapatismo o del sandinismo sin recurrir a la oralidad que señala la resignificación de tradiciones? De hecho, la historia oral lo que hace es enriquecer nuestra historia al replantearnos problemas y señalar nuevos desafíos que cuestionan las interpretaciones pasadas. Dicho de otra manera, y citando a Carlo Ginzburg: la historia oral revela “las profundas raíces populares de la utopía”.[7]

Esto también ha generado una búsqueda de nuevos marcos teóricos que nos permitan interpretar nuestras fuentes. Mejor dicho: hemos retornado a viejas/nuevas teorías. Algunos de nosotros hemos recurrido a los interesantes estudios de Maurice Halbwachs, Paul Ricoeur y Reinhard Kosselleck. Otros, entre los que me incluyo, hemos recurrido a la teoría cultural tal como la desarrolló el marxismo británico, y específicamente Raymond Williams, Raphael Samuel, E.P. Thompson y Víctor Kiernan. Esto no se debe a algún tipo de preferencia ideológica (aunque en algunos casos esto es así), sino más bien a que sus modelos interpretativos y sus definiciones nos parecen más plásticos y aplicables a los fenómenos que tenemos que analizar. Después de todo, fue Eric Hobsbawm quien revolucionó los estudios históricos latinoamericanos con su obra Rebeldes Primitivos y, luego, con Bandidos.[8] Es más, pocas cosas contribuyeron tanto a hacernos repensar nuestra aproximación a los procesos históricos como las obras de E.P. Thompson, Customs in Common[9] y Folklore, History, and Anthropology[10]. Hobsbawm y Thompson nos llevaron a buscar modelos teóricos más plásticos y, eventualmente, a redescubrir la obra de Raymond Williams, particularmente su maravilloso ensayo “Culture is Ordinary”[11]. La ampliación de horizontes nos permitió reconsiderar fenómenos tan complejos como el peronismo argentino, el varguismo brasileño, y el cardenismo mexicano. Esto se unió con el hecho que varios de nosotros habíamos estudiado a historiadores norteamericanos como Herbert Gutman, David Montgomery y Bruce Laurie. Tanto los marxistas británicos como los norteamericanos presentaban interpretaciones ricas y complejas en un lenguaje muy simple y accesible ya que tenían como interlocutores a lectores educados pero no necesariamente en el mundillo académico. Al mismo tiempo revelaban estar basados en una inmensa cantidad de investigación, y en construcciones teóricas flexibles y complejas. Simplemente pensemos que la Formación de la clase obrera en Inglaterra, de Thompson, fue pensada como un texto para educación de adultos. Muchos historiadores orales latinoamericanos, también, están pensando en un público más allá de la academia; y muchos recurren a la historia oral después de descubrir que las fuentes escritas disponibles no son suficientes para explicar la historia social del continente.

Todo lo anterior entra en juego cuando lidiamos con temas como memoria, cultura y fuentes orales. Esto significa que, dentro de la historia oral latinoamericana, existe un diálogo fascinante entre las distintas interpretaciones y los diferentes marcos teóricos. Sin embargo, para que emerjan los contornos de nuevos aportes e interpretaciones nos debemos un debate más formal. Nuestro colega brasileño, Robson Laverdi, lanzó la discusión con un artículo sobre Raymond Williams y la Historia Oral, que fue publicado en la revista de la IOHA Palabras y Silencios.[12] Si bien la respuesta fue buena, aún no se generado un debate organizado. Otro debate que nos debemos es el que se refiere a la ética del historiador oral. Esto es un problema creciente, y quizá amerite que se definan una serie de criterios profesionales o un comité de ética ya que surgen todo tipo de problemas con las fuentes orales que construimos, ya sea de propiedad, de uso, o de complicaciones y derechos.

Si la historia oral latinoamericana implica una renovación de los estudios históricos, también implica otros problemas más serios. A mediados de la década de 1970 muchos de mis profesores me planteaban una serie de temas que ellos consideraban eran centrales a la tarea del historiador: ¿qué es la historia?, ¿historia para qué y para quién?, la ética del historiador. En estos temas, la historia oral es fundamental porque evidencia la importancia de los mismos, por cuanto no son meramente un ejercicio intelectual sino que se imponen debido a las prácticas mismas que surgen de la esencia de la historia oral latinoamericana.

El tema de la ética es algo central e ineludible en nuestra práctica como historiador oral. En mi práctica surgen muchos problemas concretos y puntuales. El primero es que en el caso argentino los problemas de hacer historia oral están fuertemente ligados al tema represión y regímenes dictatoriales. El pedir la autorización al entrevistado automáticamente implica entrar en el cono de dudas sobre qué se va a hacer con la entrevista. La autocensura de ambas partes, como técnicas de supervivencia frente a una represión salvaje, marca fuertemente los testimonios, la memoria y la subjetividad. Las técnicas para evocar la memoria o para lograr respuestas no son (y tampoco pueden ser) las mismas que en sociedades con niveles represivos más bajos. Asimismo, la posibilidad de que lo que se declara en una entrevista tenga usos no imaginados por el historiador es un problema ético y práctico que debe ser contemplado y que no figura en ningún manual hecho por europeos o norteamericanos. En mi caso, el pasado aniversario del golpe militar de 1976, el 24 de marzo, el diputado Ricardo Bussi, hijo del General Antonio Bussi represor acusado de numerosos delitos, en su discurso reivindicando el golpe de estado en la legislatura de la provincia de Tucumán, citó mis investigaciones y antecedentes políticos como prueba de los delitos de lesa humanidad por parte de antiguos guerrilleros.[13] ¿Qué hacer en estos casos? ¿Qué hacer frente a la posibilidad de que el entrevistado otorgó información en confianza sin considerar las posibles consecuencias? Si el entrevistado te cuenta cómo ejecutó a alguien, ¿qué hace el historiador? ¿Modifica el testimonio borrando esa parte o lo preserva exponiendo al entrevistado a las consecuencias? Luego, ¿el testimonio se preserva, se publica, se esconde? Los nombres de los entrevistados ¿son públicos o debemos utilizar seudónimos? El uso que hacemos de la entrevista se guía por ¿qué criterios? ¿Cómo inciden cuestiones socioculturales de género, raza y clase en la construcción de los testimonios? ¿Cómo incide la subjetividad propia del entrevistador, por ejemplo, cuando se entrevista a una persona perteneciente a los pueblos originarios? Y ni hablar de prejuicios, percepciones, o relaciones de deferencia. El uso del testimonio, y no sólo el cómo se genera y se constituye, necesita el día de hoy de pautas y guías lo más claras posibles. No es que no lo hayamos discutido antes, sino más bien que tenemos que volver a discutirlo a la luz de las nuevas realidades.

En este sentido yo he sido uno de los que ha planteado que el mero hecho de otorgar una entrevista no implica un resignar la propiedad sobre la misma, y eso más allá de que se firmen contratos o autorizaciones. El problema es ético, y no solo legal. Pero el que no resignen la propiedad sobre la entrevista otorgada no implica que el testimoniante es el único propietario. Si la entrevista es una construcción de a dos (entrevistador y entrevistado) entonces pertenece a ambos. Así la publicación, o colocación de una entrevista en un archivo, debe tener registrado el nombre de ambas personas y el acuerdo de ambas para su uso. El colocarla en un archivo no implica que estas pasan a manos de los administradores de dicho archivo, ¿o sí? Esto es algo a discutir y aclarar. En particular porque se puede entregar una entrevista a un archivo bajo ciertos criterios y, años más tarde, estos pueden ser modificados por las personas a cargo del archivo. ¿Cómo garantizar que el acuerdo original se cumpla?

Por otro lado, ¿qué constituye un uso correcto y ético de una entrevista? Y ¿quién decide que éste lo sea? Vamos a algo concreto para ejemplificar lo que quiero decir. Hace veinte años hice una entrevista. Tanto el audio como la transcripción fueron entregadas a la entrevistada que declinó hacer un comentario señalando que “no la puedo leer”. Un año más tarde regresé a preguntar si había cambios y la hija, que la había leído, manifestó su acuerdo. Pasaron los años y un buen día la publiqué con seudónimos y lo que consideraba la autorización de dos décadas atrás. Dos años más tarde, un día suena el teléfono de mi casa y era la entrevistada, furiosa e indignada: que por qué no le había preguntado, que esto le podía generar problemas de seguridad, pero sobre todo que no era la imagen que ahora quería dar. Claramente, no había problema legal. Lo que había era un problema histórico y ético. Yo considero que tendría que haberla ubicado antes de dar a conocer la entrevista, dijera lo que hubiera dicho y autorizado veinte años antes. Ella no había resignado, éticamente hablando, los derechos sobre su vida. Pero al mismo tiempo, la entrevista es mía. O por lo menos, es mía también. La misma no es lo que ella dice solamente si no que es lo que ella responde a lo que yo le pregunto. Pero, además, el concepto de la “imagen” que ahora quiere dar genera todo tipo de problemas para el historiador.

En otro ejemplo, hice una larga entrevista con viejo activista. En el momento de explicar su politización, allá por 1960, me contaba de la importancia de la novela Espartaco del escritor norteamericano Howard Fast. Como siempre que he podido, en este caso transcribí y entregué la entrevista al entrevistado. Al mes me la devolvió con correcciones. Algunas eran buenas: corregía nombres, agregaba datos e impresiones. Pero en la parte sobre su politización había cambiado todo, incluyendo las preguntas. Fast había desaparecido y en su lugar aparecía citando la obra del Che Guevara “El socialismo y el hombre en Cuba”. A continuación el entrevistador le preguntaba si podía recordar alguna parte de esa obra y él citaba una página y media. Yo estaba indignado. El Che había escrito ese ensayo años después de lo que él estaba hablando. Me respondió: “Si, pero esto es lo que quiero decir”. En otras palabras, es “la imagen” que quiere proyectar. ¿Qué hace ahora el historiador oral? ¿Suprime el testimonio? ¿Acepta los cambios? ¿Los descarta? El problema es que el testimonio es una construcción de ambos, o sea de dos autores. Es como escribir un libro con otra persona: todo es una negociación permanente. Con una complicación: si la fuente construida pierde su espontaneidad ¿sigue siendo fuente? Otro problema es que no hay guía para la ética a seguir en este tipo de situaciones, que son más comunes de los que parece.

Esto se complica aún más si consideramos que la difusión de la historia oral, la constitución de archivos, el hecho de que la misma persona puede haber sido entrevistada más de una vez ha cambiado todo. En Argentina, en 1990 un testimoniante típico era entrevistado por primera vez y tenía conciencia de que, posiblemente, era su única oportunidad para contribuir a la comprensión de un momento histórico. O sea, se constituía en un protagonista de la historia. Dos décadas más tarde, más que contribuir a construir una fuente histórica muchos testimoniantes quieren contribuir a la construcción de una fuente que abone a su interpretación de la historia. En esto se mezcla ego, identidad, autopercepción, imagen. Además de los problemas metodológicos que esto implica, emerge un problema de ética: ¿qué uso se puede hacer de estas fuentes?; ¿a quién pertenecen?; en un desacuerdo entre ambas partes ¿a dónde acudir para zanjar el diferendo?

En esto, y por último, consideremos que muchos consideran que la historia oral es simplemente tomar el grabador y hacer preguntas. ¿Cualquiera es un historiador oral? La profesión de historiador tiene pautas y guías que el conjunto consideran correctos y aceptados. Estas pautas se han forjado a través de décadas y son refrendados por críticas, evaluaciones, y sobre todo un sistema donde una obra determinada es “aceptada” por el conjunto como que reúne las reglas imprescindibles de la profesión. Un periodista puede escribir historia, pero no ser aceptado como historiador. ¿Y un historiador oral? Yo insisto que no cualquiera lo es. Una colega argentina insiste que “cualquiera puede hacer historia oral” y solo hace falta atreverse. No es cierto. Un proyecto de historia oral tiene reglas, criterios y su propia cientificidad. No cualquier entrevista es historia oral, sino cualquier periodista televisivo que entrevista gente sería un historiador oral.

Evidentemente lo que aquí hace falta son pautas y criterios. En la Asociación Argentina venimos discutiendo el tema hace ya más de un año. Creo que la IOHA también debería planteárselo. En esto no se trata de “excluir” o de “discriminar”. De hecho una de las riquezas de la historia oral es la multiplicidad de individuos, dentro y fuera de la academia, dentro y fuera la Historia como disciplina, que se dedican a proyectos con fuentes orales. Lo que si hace falta es establecer pautas concretas que reglamenten no sólo qué es la historia oral, sino el uso de las fuentes, y el comportamiento de sus practicantes. De lo contrario no habrá respuesta a la pregunta de Sean Field: “¿No se correrá el peligro de “arreglar” puntos de vista particulares o concepciones del pasado?”

 


[1] Profesor Titular Plenario, Universidad de Buenos Aires (Argentina), Presidente (2010-2013) de la Asociación de Historia Oral de la República Argentina (AHORA), Director del Programa de Historia Oral (FFyL/UBA), y Coordinador de la Red Latinoamericana de Historia Oral (RELAHO). Este escrito fue la Conferencia de cierre de la 17ª Conferencia Internacional de Historia Oral “Los retos de la historia oral en el siglo XXI. Diversidades, desigualdades y la construcción de identidades”, impartida el 6 de septiembre de 2012 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina.

[2] http://www.iohanet.org/debate/index.php Ioha News Feb 15th 2009.

[3] Lucien Febvre. Combates por la historia. Barcelona: Ariel Quincenal, 1974, página 21.

 

[4] Paul Zumthor. La letra y la voz. De la “Literatura” medieval. Madrid: Ediciones Cátedra, 1989; p. 167.

[5] Carlo Ginzburg. El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2010; pág. 430.

[6] Zumthor, op. cit., 89.

[7] Carlos Ginzburg. El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Barcelona: Editorial Océano, 1981. P. 163.

[8] E.J. Hobsbawm. Primitive Rebels. Studies in Archaic Forms of Social Movements in the 19th and 20th Centuries. New York: The Norton Library, 1965 (orig. 1959). E.J. Hobsbawm. Bandits. London: Weidenfeld and Nicolson, 1969.

[9] E.P. Thompson. Customs in Common. Studies in Traditional Popular Culture. New York: The New Press, 1991.

[10] E.P. Thompson. “Folclor, antropología e historia social”; en E.P. Thompson. Historia Social y Antropología. México: Instituto Mora, 1994.

[11] Raymond Williams. “Culture is ordinary”; en Williams. Resources of Hope. London: Verso Books, 1989. Orig. 1958.

[12] Robson Laverdi, “Raymond Williams y la historia oral: relaciones sociales constitutivas”. Words and Silences/Palabras y silencios. Vol. 5, No. 2 (Oct. 2011).

[13] “Brillante y valiente exposición del diputado Ricardo Bussi este 24 de Marzo del 2012”. www.politicaydesarrollo.com.ar

 

 

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